Esta pieza es un manifiesto visual del modelo de mujer que seguimos perpetuando en nuestra sociedad contemporánea. En un mundo donde el culto a la belleza se presenta como aspiración universal, esta instalación revela la otra cara del espejo: la de mujeres cuya existencia se ve atrapada en un ciclo de exigencias estéticas que disfrazan una prisión más profunda.  Mientras se promueve una imagen de libertad individual a través del autocuidado y la perfección corporal, muchas mujeres viven encadenadas a ideales inalcanzables, donde la mente permanece encerrada en una rutina de cuidados, sacrificios y vigilancia constante. Esta obra denuncia esa contradicción: belleza como velo, domesticación como destino. 
La instalación propone un recorrido experiencial que invita al espectador a adentrarse en una narrativa dividida en tres capas simbólicas: ser, estar y parecer. Estas tres dimensiones articulan una crítica sobre los mecanismos sociales que atraviesan la construcción de la identidad femenina desde diferentes niveles de profundidad. 
Ser representa el núcleo del sujeto femenino, el espacio de los cuidados, de la autoexigencia interiorizada, de la mujer que se pone en segundo plano para atender a los demás. En esta capa se escuchan voces que recogen el murmullo constante que habita la mente de muchas mujeres: lo que hay que hacer, cómo hay que ser, cómo hay que comportarse. También se incorpora un archivo sonoro que contrapone estas voces internas con los discursos masculinos que han descrito a la mujer como musa, objeto de deseo o madre abnegada. El recorrido culmina en un grito que simboliza el deseo de romper con esas imposiciones: una demanda de autenticidad, autonomía y deseo propio.
Estar es la capa intermedia, vinculada a la acción cotidiana, a la gestión de lo doméstico, la maternidad, el trabajo, el cuerpo como superficie de desempeño. Esta capa se materializa en el secador, convertido en figura escultórica y sonora. Aquí se visibiliza la presión constante por estar bien, por estar disponible, por estar en control. La música de Semana Santa que acompaña esta sección remite a una feminidad cristiana tradicional, encarnada en la figura de la Virgen: sufriente, silenciosa, siempre presente para los otros. Esta elección musical introduce un componente cultural y religioso que refuerza la idea de penitencia y sacrificio inherente a los roles de género tradicionales.  
Parecer es la capa más externa, aquella que responde a la mirada social, a las exigencias del mercado, a la performatividad impuesta desde la publicidad, las debe ser bella, deseable, feliz, exitosa. Esta dimensión habla de la homogeneización de los cuerpos, del mandato de perfección, del consumo como vía para alcanzar la aceptación social. Aquí se plantea una crítica a la lógica neoliberal de la autoexplotación y el mejoramiento constante, donde la belleza se convierte en una obligación y en un capital simbólico a gestionar. 
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